martes 25 de octubre de 2005

¿Oculto en el trabajo?


Que yo sepa, en mi trabajo sólo hay una persona sabedora de que me siento atraído sexualmente por los hombres y que en la actualidad comparto mi vida con uno; del resto no tengo ni idea sobre qué es lo que conocen o no sobre mí.

Esa persona es uno de mis jefes y transpira tanta probidad (sí, no me he equivocado, es que es muy bueno) que estoy completamente seguro de que le importa un pimiento lo que yo haga de puertas para afuera de la oficina. Tampoco me da la impresión de que sea uno de esos individuos que tenga la necesidad imperiosa de ir contando a los demás con quién se acuesta Menganito y Zutanito.

En fin, que exceptuando a este jefe, el resto de la plantilla parece no tener ni idea sobre mi homosexualidad, y eso que llevo más de dos años trabajando para la empresa. ¿Y no resulta muy extraño? Digo que no parecen tener ni idea porque nunca, jamás de los jamases, he escuchado de ellos comentario alguno al respecto, ni me han preguntado, ni nadie se ha mofado ni nada de nada. E insisto: es extraña esta situación, ya que trato de hacer una vida lo más normal posible. Me explico.

Hacer una vida normal implica que mis amigos y sus amigos saben cómo soy y quién es mi novio, en esta ciudad de interior tan pequeña y conservadora que más bien parece un pueblo (sin ánimo de ofender a las personas de origen rural; los que seáis de provincias supongo que comprenderéis lo que digo), pero en la que no tengo más remedio que ir cogido del brazo de Héctor simplemente porque me apetece, igual que de cuando en cuando me entran ganas de zamparle un beso y se lo doy.

De todas formas, estoy encantado con el hecho de que, aparentemente, en mi trabajo no sepan que me gustan los hombres. Por ahora no he encontrado allí a nadie que me merezca la suficiente confianza como para hacerle partícipe de esa parcela de mi vida: no tengo necesidad de ello. Cuando sí la tuve, ya se lo conté a mis padres y a mis amigos, y por ahora no he vuelto a experimentar dicha necesidad. Vivo estupendamente como estoy.


Editado en octubre de 2009 para contar que:

Me parece increíble que haya pasado tanto tiempo desde que escribiera esta entrada, y en este intervalo me han pasado muchas cosas. Pero en lo que respecta a los temas tratados, diré que sigo trabajando para la misma empresa, comparto mi vida con el mismo hombre y además encontré compañeros de trabajo con los que me apeteció hablar, por iniciativa propia, sobre mi homosexualidad.

Lo que yo no sabía era que la mayoría de la plantilla estaba al tanto de mi condición sexual, de modo que al final fui yo el sorprendido y no ellos. Y esto me llevó a pensar que la gente no es tan malvada como creemos. Yo respetaba a todos y a cada uno de mis compañeros y ellos me respetaron a mí al advertir que no me apetecía hablar sobre mi vida privada.

Es cierto que no todo el mundo tiene unos compañeros tan respetuosos como los míos; pero por lo menos mi ejemplo sirve para ilustrar que las cosas van cambiando, aunque muy poco a poco, para mejor.

viernes 21 de octubre de 2005

Montgomery Clift: el rostro de los rostros


Debo confesar que mi admiración hacia Montgomery Clift (el actor que me presta la imagen para esta bitácora) es extraña, morbosa y enfermiza. Pero esto no es nada nuevo. Veamos.

Cuando era pequeño, solían programar en televisión, concretamente en la Segunda Cadena, ciclos dedicados a un director, una actriz o un actor del pasado. Antes de cada película tenía lugar un coloquio sobre la misma, pero no creo que por entonces me interesaran este tipo de cosas. Más bien me dedicaba a estar siempre tirado en el suelo, entretenido con mis lápices y ceras de colores o jugando con los clicks de playmobil; delante de la tele, pero ignorándola.

Un día, hubo algo en uno de estos programas que captó mi atención apartándome de mis pueriles entretenimientos. Estaban hablando de un accidente de tráfico. Mi mirada barría la pantalla justo en el momento en que explicaban que Monty (así se referían al actor) sufrió graves daños en el rostro que la cirugía no pudo corregir en su totalidad. Se trataba de Montgomery Clift, aunque yo entonces no sabía quién era.

Para ilustrar las consecuencias del accidente sobre la cara del artista, mostraron secuencias del antes y el después que mis ojos, como hechizados, devoraron con un morbo primerizo. (Luego, ya de mayor, supe que Clift quedó bastante afectado psicológicamente tras el repentino deterioro de su belleza, aparte de la repercusión profesional que a medio-largo plazo tuvo el percance: la imagen que el actor ofrecía en la antesala de la madurez no fue la que se esperaba en un galán de tan agraciada juventud.)

Montgomery Clift, pues, quedaría retenido, hibernado en mi memoria, como el actor que tenía un rostro extraño.

Muchos años después, y de nuevo gracias a la tele, me enteré de que Montgomery Clift fue homosexual. A partir de entonces empecé a admirar a la estrella, tanto que quise asomarme a su vida privada y me compré una biografía que contaba con bastante material fotográfico. Me obsesioné con este hombre enjuto de espalda encorvada, con sus ojos de un azul de extrema transparencia, con sus enfermedades crónicas, con su maletín de automedicación, con su alcoholismo, con su tormento y, sobre todo, con su cara.

La cara de Monty iba cambiando, a peor, conforme avanzaban las páginas ilustradas de su biografía; su rostro mutaba hacia la más cruel y temprana decrepitud y, sin embargo, a mí cada vez me resultaba más atractivo. Todo lo que en un principio atraía en aquella efigie del Hollywood más glamouroso se desmoronaba rápidamente, película tras película: sus cejas se habían vuelto demasiado grandes y pobladas, la nariz había perdido su rectitud y la inmovilidad en el lado derecho de su cara resultaba difícil de obviar. En las últimas páginas de la biografía, cuando en sus películas ya no podía desempeñar el papel de galán, el actor mostraba un rostro más castigado, más duro, más masculino y, sobre todo, más morboso para mí... Oh, el rostro de Montgomery Clift: el rostro de los rostros.

martes 18 de octubre de 2005

Calma


Siento la necesidad de escribir esta entrada como epílogo a la serie anterior de los amores platónicos, pues el último párrafo de la trilogía me salió demasiado negativo y melodramático. Si bien es cierto que esa etapa no ha sido una de las mejores de mi vida, quisiera comentar que todo aquello quedó olvidado. Se trataba de un recuerdo, un amargo recuerdo, como me temo lo serán todos los que queden plasmados aquí. Nunca tuve a nadie con quien compartir todas aquellas sensaciones y mis sentimientos quedaron atrapados en mi cabeza, enrareciéndose y originando ideas oscuras y difíciles de erradicar.

Ahora soy plenamente feliz, gracias, sobre todo, al amor que me profesa el hombre junto a quien camino desde hace más de tres años. Pero ya os hablaré de él.

¡Viva la felicidad!

miércoles 12 de octubre de 2005

Amores platónicos (3 de 3)



Sexto, séptimo y octavo curso se sucedieron sumiéndome en la amargura de un amor imposible. Hasta que llegó el fin de octavo, el final de la E.G.B. A la vuelta del verano debía afrontar una nueva etapa académica, lo que significaba tener nuevos compañeros, estudiar nuevas materias y, sobre todo, conocer a nuevos profesores que sustituirían a los existentes hasta ese momento...

Los días de asueto estival corrían veloces empujándome hacia el distanciamiento, inexorable, que presagiaba como definitivo. Ya no volvería a ser mi profesor, ya no sería objeto de mi devoción cuando explicase las lecciones de dibujo técnico desde la pizarra; ya no podría, por tanto, devorarlo impunemente con mi mirada, cada vez más sucia, cada vez menos ingenua. No sé cuántas veces lo llamaría por teléfono ese verano, sólo para escuchar su voz desde el anonimato, para tenerlo para mí sólo aunque fuese unos segundos.

Recuerdo el día de septiembre en que terminaron las vacaciones, el revuelo en la puerta del colegio, el hormigueo en el estómago. Lo vi, hablando con los suyos, los otros profesores. Pasé a su lado y nuestras miradas se cruzaron con brevedad. Lo saludé, le dije un hola entusiasta, pero él no me vio. ¡No me vio! Otras ocasiones sucedieron a aquélla y casi nunca obtenía su atención. Hasta que llegó un momento en que, definitivamente, no volvió a saludarme. Resignado, comprendí que me había convertido en un alumno más, como otro cualquiera de los muchos que habían pasado por su aula.

Esta obsesión terminó ahí, pues, pero no mi tristeza; ya que el hueco agrio que dejó aquel profesor enseguida fue ocupado por otro, para volver a quedar atrapado en la misma rutina autodestructiva. También lo necesité, también recibió mis llamadas, al igual que mi corazón sufrió por no poder hacer realidad mi hambre de afecto. (Era eso lo que pedía, a gritos, aunque mudos: una caricia, un abrazo, ser para alguien la diana de su ternura.)

La historia se repitió capítulo a capítulo de modo que, desde sexto hasta C.O.U., aquellos dos hombres, sin que ni siquiera lo sospecharan, hicieron que me sintiera profundamente desdichado.

jueves 6 de octubre de 2005

Amores platónicos (2 de 3)

Más tarde, en sexto curso, pasé de tener un solo profesor para todas las materias a tener uno por cada asignatura; y de todos ellos (todos eran hombres), fue el profesor de pretecnología quien terminaría cautivándome.

Se parecía a Steve McQueen y me obsesioné con él de una manera insana. Me gustaba su mirada azul, me encandilaba su acento madrileño, admiraba sus manos grandes de palmas rosadas. Me encantaba acudir a sus clases y poder mirarlo todo lo que quisiera. En los recreos lo buscaba en el patio y acercaba mis movimientos a los suyos. Cuando salía del colegio seguía pensando en él, y por las noches, en la soledad íntima de mi cama, también seguía pensando en él...

Se daba la circunstancia de que este profesor me trataba distinto respecto a los demás compañeros: le gustaba mi formalidad y mi manera de trabajar. Creo que quería sacar lo mejor de mí y se empeñaba en que, juntos, puliésemos los dibujos, las marqueterías, las figuras de arcilla, hasta que todo quedase perfecto. Por supuesto, este interés, por su parte inocente, fue alimentando la quimera enfermiza de que pudiera sentir algo especial hacia mi pubertaria persona.

Pero a mí no me bastaba aquella atención: requería más de él, sobre todo cuando volvía a casa y debía rellenar tantas horas en su ausencia. Busqué su número en la guía telefónica. Lo llamaba cuando en mi casa no había nadie, sólo para escuchar su voz grave, masculina, dedicada a mí; y me fastidiaba muchísimo cuando era su mujer y no él quien respondía al teléfono.

Lo necesitaba para mí sólo, ansiosamente, y mi obsesión no correspondida me hacía sufrir sobremanera. A veces perdía el apetito, estaba triste, no quería salir con mis amigos. Poco a poco, en mi cabeza, empezó a gestarse la idea de que aquello no era normal. No podía seguir negándome a mí mismo que lo que me pasaba no tenía nada que ver con lo que podría contarme, por ejemplo, cualquiera de mis compañeros de clase, que ya empezaban a tontear con las niñas. Me gustaba un hombre y yo era un chico, mientras que todo el mundo a mi alrededor opinaba que ese tipo de atracciones eran despreciables.

No me preocupaba, empero, lo que pudieran decir los demás sobre mí, puesto que yo seguiría igual, sin desvelar nada, creyendo que era lo mejor que podía hacer. Lo que centraba mi atención, lo que me inquietaba y me hacía estar realmente mal, era no poder estar con él, sentirlo mío. Precisaba urgentemente abrazarlo, besarlo, acariciar su cuerpo, ofrecerle el mío para que sus manos lo recorriesen por completo. Y todo eso no se producía y sabía que no produciría nunca. Por mucho que me empeñase, por mucho que llorara y la rabia me invadiese, nada de lo que deseaba con todas mis fuerzas podría hacerse realidad.

martes 4 de octubre de 2005

Amores platónicos (1 de 3)


Mi adolescencia no estuvo marcada por los insultos, los rechazos, las burlas o los golpes por parte de los niños de mi alrededor, sino que fueron los amores platónicos, y por ende imposibles, los que me mantuvieron mucho tiempo, demasiado, sumido en un malestar que traía fritos a mis padres.

Siempre me han atraído los hombres mayores, maduros; y digo yo que sería por cercanía, por cotidianeidad, en fin, porque eran los que tenía más a mano, que mis primeros objetivos fueron mis profesores.

He estado desaforadamente enamorado de dos profesores. Digamos que con anterioridad sólo me había "sentido atraído" por otro maestro; porque en ese momento, cuando tenía entre 9 y 11 años, quizá era demasiado pequeño (¿o no?) como para comprender y asumir qué era estar enamorado, y por tanto no puedo decir que en verdad lo estuviese. Hay que considerar sin más a este “amor previo” como a alguien que aparecía con recurrencia en mis primerizas ensoñaciones eróticas. Por entonces ni se me pasaba por la cabeza que aquellas sensaciones fuesen algo fuera de lo convencional, ni mucho menos algo malo. Pensaba que la sensualidad de mis pensamientos y actos en los que aparecían hombres formaba parte de la intimidad de la sexualidad; pues lo que sí tenía claro es que aquello, obviamente, estaba muy relacionado con el sexo. Pero no sentía miedo, ni vergüenza, ni extrañeza al imaginarme practicando sexo con hombres, ni era consciente de que todo aquello me convertía en una persona de tendencia homosexual.

¡Qué ingenuidad aquella!...

sábado 1 de octubre de 2005

El parto


Siempre he tenido ganas de escribir un diario, y de hecho me puse manos a la obra en cuento tuve una oportunidad, allá por los nueve años. Sin embargo, pronto me di cuenta de que dejar constancia de mis vivencias para que luego nadie las leyera me resultaba, además de una pérdida de tiempo, extremadamente aburrido. ¿Para qué escribimos un diario, si no?, ¿para leerlo nosotros mismos? No.

Mi primer diario fue (como ya he leído varias veces en otras bitácoras) uno aborrecible que me regalaron en mi primera comunión. Consistía en un libro cuyas hojas tenían rayas y el filo dorado y estaba encuadernado con una tapa nacarada; en ella aparecía el dibujo de un niño de aspecto afeminado y flequillo repipi. Lo mejor era el sistema de seguridad de este diario: un cerrojo cuya minúscula llave perdí y a partir de entonces tuve que cerrarlo y abrirlo con palillos de dientes... ¡Menuda seguridad!

Lo que escribía en aquella bitácora eran cosas superinteresantísimas del estilo “Esta mañana me levanté, desayuné y fui al colegio”, todo ello aderezado con multitud de faltas de ortografía y una ausencia total de signos de puntuación. Ahora me arrepiento de haberme desecho de aquella joya de la literatura.

Mucho más tarde, cuando entró en mi casa el primer ordenador (si exceptuamos el spectrum 48K), escribía mi diario con el Word Perfect. Mi diario pasó a ser entonces un archivo guardado en un disquete. Ésta vez sí que necesitaba proteger mi intimidad, pues utilizaba la escritura para descargar toda la rabia y toda la tristeza que me acompañaron a lo largo de la adolescencia.

Y ahora deseo poseer este espacio narcisista y cibernético, abierto de par en par a todo el mundo, para que tú, por fin, me leas y sacies el morbo (y al mismo tiempo, el mío) que te produce bucear anónimamente en la vida de otra persona.

¿Quieres leerme? Tengo muchas cosas que contarte.