martes 9 de octubre de 2007

Ya no me importa que me mires, mi Algarrobo

Ponga un Algarrobo en su vida


Siempre he pensado que soy muy descarado mirando a los hombres. Aparte de analizarlos de arriba abajo como si tuviera visión de rayos equis, aparte de quedarme extasiado mirando el movimiento de sus paquetes, suelo mantenerles la mirada porque me interesan mucho sus ojos, lo que me transmite la expresión de su rostro. Por eso no es de extrañar que ante tal impudicia advierta que algunos hombres se sienten observados, o dicho de otro modo, puedo darme cuenta de que descubren que hay una intención libidinosa tras mi atenta e intensa observación. Y es que deberían de ser muy torpes para no desenmascararme.

Por eso he pensado que el Algarrobo de la manzana de enfrente sabe lo que escondo tras mi mirada. El Algarrobo es un grandullón gordo de los que se pueden catalogar como fuertes, calvo de los que no se rapan y con unas manos que te podrían volver la cara de un bofetón. Me recuerda a Álvaro de Luna cuando interpretó el papel del Algarrobo en Curro Jiménez. Me atrae su hombría, su robustez, su aspecto rural y su culo que vi una vez desde mi ventana, un mediodía que bajó a la calle en pantalón corto y chanclas y se puso a cuatro patas para atrapar un canario que se escondía bajo un coche.

Lo malo de que los hombres que observas te descubran es que suelen invertir la situación, de modo que pasas a ser tú el acosado probando tu propia medicina. Son ellos los que mantienen la mirada cuando pasan a tu lado, son ellos a quienes adviertes observándote con sus ojos acusadores desde la ventana, desde los mostradores de las tiendas, desde las mesas de las bibliotecas, por los pasillos de la facultad... Por eso el Algarrobo me mira cuando coincidimos en la calle, aparcando nuestros respectivos coches, o al pasar frente a su portal cuando sale a fumar con esa actitud hierática, de pie, fijo como un enorme tótem que sólo tuviera vida en los ojos. De pronto su olor a macho me asustaba, me daban miedo sus manos gigantes que otrora tanto me hubiese gustado sentir sobre mí.

El otro día coincidimos entre las calles del Mercadona, ambos solos, nos miramos. Pasados unos minutos, al girar tras el último están en dirección a la caja, lo vi acercándose con su cesta dispuesto a pagar. Llegaría primero el que aligerase el paso, y yo preferí ser el que le mirase al otro la espalda, en la cola. Sin embargo, en el último momento, antes de incorporarse a la fila de pagadores, el Algarrobo se detuvo, se giró y, con una sonrisa, trató de cederme el paso. Educadamente, rechacé su inopinado y revelador ofrecimiento.

Desde entonces pienso que estaba totalmente equivocado con el Algarrobo y que mi anécdota con él puede englobarse en ese ínfimo porcentaje de ocasiones en las que se acierta con una mirada...


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jueves 12 de abril de 2007

Paquetes de catálogo

Una mano, un paquete

Hace poco, ojeando la publicidad de una gran superficie, me di cuenta de algo que me había pasado inadvertido hasta entonces, y es que en los catálogos de ofertas ya no se anuncian los calzoncillos como antes.

Cuando era pequeño me encantaba la publicidad de las ofertas de Pryca, esos cuadernillos cuyas páginas de alimentos pasaba ávidamente hasta llegar a las de material de papelería, informática y discos para pasarme bastante rato contemplando los productos y sus precios.

Pero esas páginas contenían otras ofertas que también llamaban mi atención, las de textiles, y cuyo examen reservaba a la intimidad de mi cuarto. Porque en aquellos catálogos aparecían fotos de hombres en ropa interior, o mejor dicho, fotos de troncos de hombres que mostraban slips ajustados; la parte inferior de un pecho, un ombligo bajo el cual una pelusilla de vello iba a morir bajo la tela de algodón.

No recuerdo haberme masturbado contemplando aquellas fotos, sólo que me pasaba los minutos mirando esos bultos perfectamente colocados, verticales, oprimidos. Los estudiaba en la soledad de mi cuarto, pensando, quizá, si algún día podría tenerlos a mi alcance, sin necesidad de esconderme, para despojarlos de aquellos slips y liberar un sexo cuyo dueño me dejara poseer.

Pero en los catálogos de publicidad actuales ya no aparecen modelos posando en ropa interior, ya no aparecen paquetes con los que soñar, sino unos meros calzoncillos flácidos, arrugados, dispuestos en cascada de color sobre una superficie blanca y gélida.


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miércoles 14 de febrero de 2007

Alcohol

Alcohol

Soy pequeño. Tengo siete u ocho años y voy a presenciar una escena que me marcará para siempre. Me encuentro con mi familia en la casa de campo de unos amigos. Celebramos la comunión de una de las hijas. Es verano y hace mucho calor. Por la tarde una chica que se ha sobrepasado con el alcohol se pone enferma. Las mujeres se hacen cargo de ella. Al principio la tumban en una hamaca, a la sombra, para más tarde llevarla dentro de la casa, cuando la chica se pone a llorar y no pueden consolarla. A mí me da un poco de miedo, porque está gritando y hay veces que no entiendo lo que dice.

Entre las cosas que balbucea no para de repetir, entre llantos, que no se quiere casar con su novio, porque es cojo y siempre será una desgraciada.

Al regresar a casa, mis padres hablan entre ellos sobre lo sucedido. Mi madre dice que, por culpa del alcohol, aquella chica había dicho todas aquellas cosas que quizá no se hubiera atrevido a decir en un estado normal.

Y yo asimilo esas palabras y, no sé por qué, las guardo dentro de mí para siempre.

Ha pasado el tiempo. Ahora tengo entre catorce y dieciséis años. Mis amigos adolescentes se han iniciado en el alcohol, pero yo no pruebo ni una gota con ellos. Esto hace que me miren mal, incluso es motivo de momentos de tensión cuando me abstengo de participar en la compra de litronas y cartones de vino.

No quiero beber porque no deseo que se trasluzca lo que llevo dentro, ese alien que incubo entre mi cabeza y mi entrepierna. Aunque me lo niegue a mí mismo, aunque no lo acepte, sé desde hace mucho tiempo que me siento atraído de un modo sexual por los hombres. Sólo por los hombres.

Además de en el alcohol y en el tabaco, mis amigos tratan de introducirse en las relaciones con las chicas. Ya no me siento cómodo cuando salgo con ellos. Son mis amigos desde hace años, pero últimamente me resultan ajenos, desconocidos. Cada vez me cuesta más trabajo seguirles el juego, estar a la altura de sus comentarios, mantener el tipo cuando en la discoteca, en la sesión juvenil, se presentan a un grupo de niñas con la intención de ligar.

Ya no me lo paso bien con ellos y empiezo a buscar excusas para quedarme en casa: la lluvia, los exámenes, me duele mucho la cabeza... Pero cuando no tengo más remedio que salir, al retornar a casa, al refugio de mi cuarto, llego muy triste. A veces demasiado triste.

Sin embargo, sí que bebo. Nadie lo sabe, ni se lo imagina, pero bebo los sábados por la noche, si al regresar a casa mis padres aún no han vuelto. Porque me siento mal tras haber pasado horas de incomodidad, de falsa apariencia, junto a mis amigos. Se me ocurre la idea de que si bebo alcohol podré dormirme antes, evadirme de la pesadumbre y dejar de sentirme como un bicho raro. Acudo al mueble-bar del salón. Hay brandy, crema catalana, licor de bellota, licor de endrina... Cojo la primera botella. Ginebra no, porque su olor me echa para atrás. Algunas veces bebo directamente a morro el líquido calentorro, amargo; otras lo vierto en un vaso para tragarlo rápidamente, a grandes sorbos. Y así me voy a la cama, con el estómago caliente, antes de que regresen mis padres.

Alcohol para evadirme, alcohol para quedarme dormido cuanto antes.


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viernes 12 de enero de 2007

Referencias homosexuales a través de los ojos de mis padres (3/3)


El primo de Barcelona

Sin embargo, a su primo hermano mi madre lo llamaba simplemente “el primo de Barcelona”. Sí, porque en la familia hay otro primo gay que vive en Barcelona, esta vez por parte de madre.

Ya es muy mayor. La última vez que nos visitó, el pasado verano, lo noté bastante cambiado. Ya no tenía nada que ver con el hombre que recordaba de pequeño.

El primo de Barcelona nos visitaba siempre en verano, presentándose en casa sin avisar. Lo recuerdo con el pelo frito a la permanente y teñido de rubio. Solía vestir camisas de colores llamativos, que llevaba desabrochadas casi hasta medio pecho, mostrando su piel morena y varias cadenas de oro.

Hablaba sin parar. Me divertía escucharle y observar cómo se le movían las pulseras al no dejar de agitar las manos. Contaba cosas de viajes, de gente que conocía, de la vida en Barcelona... A mi madre la ponía al tanto sobre sus conquistas, pero siempre expresándose, ahora me doy cuenta, con dobles sentidos que mi hermana y yo no podíamos desdoblar.

Alguna vez mi madre me ha dicho que a mi padre no le hacía ninguna gracia que el primo de Barcelona nos visitara, porque era un mal ejemplo para nosotros y porque no deseaba que los vecinos le vieran subir a nuestra casa...


La Otra

Mi madre tiene una prima hermana que es lesbiana; vive en mi ciudad-pueblo y trabaja, al igual que su pareja, como enfermera en el hospital provincial.

(Para el/la que se haya perdido: van ya un primo de mi padre que es travesti, un primo mío gay por parte de padre, un primo de mi madre que es gay y una prima de mi madre que es lesbiana...)

Pero, a pesar de que esta mujer andaba, vestía y lucía un corte de pelo como un hombre; a pesar de que nos visitaba con su pareja así como yo había ido a casa de ambas, no advertí que era lesbiana hasta que en la adolescencia dos neuronas distraídas se chocaron en mi cabeza y comprendí lo que era evidente. Porque mi madre jamás nos dijo que su prima era lesbiana, ni expresó nada que diera a entender que le gustasen las mujeres. Sólo cuando yo le pregunté al respecto empezó a hablar abiertamente sobre ello.

Mi madre mantiene una relación muy estrecha con la hermana de su prima lesbiana. Las escucho hablar por teléfono y no deja de hacerme gracia que todavía hoy se refieran a esta mujer y a su pareja con dobles sentidos, sirviéndose de giros gramaticales, para evitar en todo momento términos como lesbiana, pareja, novias, etc. Por ejemplo, a la pareja de la prima lesbiana nunca la llaman por su nombre, sino como “la Otra”. “La Otra la tiene dominada”. “La Otra es una agarrada y se queda con todo su dinero”. “Hay que ver cómo la ha cambiado la Otra.”


Raphael

Siempre pensé que el vecino del cuarto se llamaba Rafael, hasta que un día presencié una conversación de mis padres con otra persona en la que se referían a dicho vecino como Paco y no Rafael; al preguntar me aclararon que sí, que se llamaba Paco, pero que como parecía mariquita lo llamaban Raphael.

Raphael es un hombre extremadamente amanerado. Trabaja en una tienda de antigüedades y está casado; tiene dos hijos. A mi hermana siempre le ha tenido un cariño especial; cuando era pequeña le decía a cada momento lo guapa que era, lo mucho que valía y que estaba seguro de que llegaría a ser una gran vedette.

Mis padres lo criticaban continuamente y no comprendían cómo ese hombre podía estar casado, ni cómo su mujer toleraba tal grado de marujeo. Yo tampoco he llegado a comprenderlo, pero dejemos este tema para otro post.


Epílogo

Afortunadamente, el tener un hijo homosexual ha transformado a mis padres. No al cien por cien, dado que es muy difícil cambiar de un modo radical el pensamiento de personas pertenecientes a otra generación, crecidos en otras circunstancias y con una educación diferente. Por ello aprecio su esfuerzo por abrir sus mentes, por tratar de aceptar aquello que a veces les resulta incomprensible.

Si bien me pregunto, si de no haber existido yo como catalizador de ese cambio, mis padres hubieran evolucionado igualmente en seres tolerantes con la realidad no sólo homosexual, sino GLBT. Pero eso es algo que nunca podré saber. .

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domingo 7 de enero de 2007

Referencias homosexuales a través de los ojos de mis padres (2/3)

La Paquera

La primera travesti que conocí se llamaba la Paquera y se ganaba la vida simultaneando el puterío con la brocha gorda.

Cuando los viernes por la noche volvíamos del campo de mi tío, la Paquera siempre estaba allí, en la misma esquina, donde acababa un barrio y comenzaba el descampado de junto al río. La recuerdo con una ropa muy ajustada, un escote, una minifalda y el pelo rubio alborotado. O quizá se tratase de una peluca barata.

Dos travestis o transformistas

El coche debía pasar por la esquina de la Paquera y entonces mi padre nos decía “Decidle guapa, decidle guapa.” Mientras mi hermana bajaba la ventanilla, yo me agachaba para no ser visto y escuchaba su grito: “Guaaapaaaaaaaaaaaaaaa”. Entonces alzaba un poco la cabeza, lo justo para ver la figura de la Paquera perdiéndose en la negrura de la noche, agitando los brazos y diciendo algo que nunca podía entender.

La Paquera era la travesti más famosa de la ciudad-pueblo, aunque en los carnavales desfilaran otras travestis como ella, bailando al son de los tambores y acercándose al público orillado en las aceras para enseñarles las tetas que no podía dejar de mirar.

Porque mi padre decía que para ponerse tetas se inyectaban silicona (“Esos van a sitios raros a que les metan silicona. Ya ves, con lo peligroso que es eso. Y algunos se han muerto y todo...”) Yo no entendía nada, pero cuando veía las tetas desnudas de las travestis, en mi cabeza se mezclaba la visión de mi padre empleando la pistola de silicona, tapando rendijas, pegando gomas, con la de las travestis empuñando la misma pistola para, las unas a las otras, rellenarse sus cuerpos con gel...

Una pistola de silicona


El primo de mi padre

Y hablando de carnavales. Hay un primo segundo de mi padre del que nunca se habla, de modo que tengo pocos datos sobre él. Lo he visto muy pocas veces, travestido y subido a una carroza de carnaval.

A mi padre le ponía nervioso hablar de él. Hoy, ahora, ya puedo preguntarle por qué. Ya os contaré.

Una travesti en el desfile de carnaval


El Gurruchaga

A mi primo hermano por parte de padre, el que vive en Barcelona, mis padres lo llamaron el Gurruchaga, porque al ir engordando se iba pareciendo cada vez más al cantante de la Orquesta Mondragón; según ellos, claro.

El gran Javier Gurruchaga

No lo soportaban y cada vez que pasaba una temporada en la ciudad-pueblo ponían mil excusas para que no viniera a casa. Mi primo podría tener muchos defectos, el principal, que era un repelente de campeonato; pero mi madre, de todos ellos, siempre sacaba a colación su voz y ademanes extremadamente afeminados (si es que esto pudiera considerarse un defecto), de modo que cuando se veía obligada a recibir sus visita expresaba su ofuscación imitándole con mucho desprecio.


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Referencias homosexuales a través de los ojos de mis padres (1/3)

Homosexualidad

Prólogo

Hace unos días me dio por pensar qué referentes homosexuales había tenido en mi infancia y llegué a la conclusión de que todos ellos habían sido construidos y moldeados según el criterio de mis padres. Me di cuenta de que ellos son los que forjaron muchos de los tópicos y prejuicios que han habitado y todavía habitan en mí respecto a la homosexualidad.

No es mi intención culpar a mis padres sobre mis propios defectos, pero considero que me han inculcado ciertas ideas que me han influido negativamente, tanto en el desarrollo y aceptación de mi personalidad en el aspecto homosexual, como en la aprobación de todo aquel comportamiento sexual que se aparta de las normas dictadas por esta sociedad que arrastra la losa de la cultura judeo-crisitana.

En los siguientes posts os contaré cómo mis padres hacían que mi hermana y yo contemplásemos la homosexualidad de una manera caótica, supeditada a criterios totalmente subjetivos, de modo que unas veces se nos presentaba como un comportamiento despreciable, otras como algo opaco y misterioso y otras como objeto de la burla fácil; y muy pocas veces desde una visión tolerante.

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jueves 21 de diciembre de 2006

El zoco vuelve

Navegando


Queridos amigos:


Aunque os parezca que estáis en el mismo lugar de siempre, he de deciros que estáis en un nuevo blog. Debido a una imprudencia propia manejando cuentas de Blogger, mandé el blog a un lugar irrecuperable, allí en el limbo de los blogs o yo qué sé.

He podido rescatar la URL y todas las entradas, dado que sí es posible que acceda a mi antigua cuenta aunque no lo sea el hacer visible todo su contenido; sin embargo lo que no podré recuperar nunca, y es lo que más me duele, son todos vuestros comentarios. Los post antiguos volverán, pero mudos.

En lo siguientes días me dedicaré a ir publicando de nuevo todas las entradas anteriores. ¡Qué pereza!

Un beso.


Editado el 26 de diciembre para contar que:

Ahora resulta que sí, que sí se pueden visualizar las entradas antiguas del blog; a ellas se puede acceder pinchando en el enlace que he puesto en la columna lateral, donde dice “La 1ª parte del zoco”.

Los de Blogger quieren volverme loco.

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jueves 16 de noviembre de 2006

Una nueva ausencia

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Queridos amigos de esta bitácora:

De nuevo debo comunicaros que en los próximos meses no habrá actualización de mi blog. No sólo están cerca los exámenes de diciembre y por tanto debo aplicarme en el estudio, sino que además en las últimas semanas se han sucedido varias circunstancias que han minado mi ánimo. No tengo ganas de nada, me puede la desidia.

La escritura siempre ha sido para mí un subterfugio, pero no sé por qué últimamente ya no me consuela teclear delante del ordenador.

Por lo menos el amor no me falta.

Por otra parte, mi ausencia no será total, pues no puedo resistirme a visitar vuestras casas. Estáis tan presentes en mi vida que no sobrellevo pasar sin vosotros. Aunque no comente vuestros post, sabed que estaré ahí.

No sé cuándo volveré. Os dejo con el post anterior, con otro recuerdo.

Un beso para cada uno de vosotros.

El Capitán Harlock

Voyeurismo desde mi ventana

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Desde la ventana de mi habitación no puedo contemplar grandes vistas, sólo un edificio viejo, feo, de fachada sucia. Pero cuando era adolescente y me había transformado en ese ser extraño y solitario, como un enfermo de agorafobia enemigo de la calle, me entretenía mirando a través de los cristales.

Encerrado en mi cuarto, envuelto en cualquier música estruendosa, pasaba las horas contemplando las personas que de cuando en cuando aparecían en ventanas y balcones, los personajes anónimos que transitaban las aceras y, sobre todo, aquellos hombres que irrumpían en mi campo de visión desconcertándome y cuya masculinidad podía espiar, degustar, seguir con la mirada desde mi atalaya, hasta verlos desaparecer sin ser descubierto.

Justo al otro lado de la calle, a la altura de mi piso, vivía una familia formada por un matrimonio mayor y el hijo de ambos. Siempre habían estado allí. De ellos sabía que el padre, ya jubilado, había sido maestro; la madre era ama de casa, y el hijo permanecía soltero después de que su novia, que era de fuera y que durante sus estudios había vivido en casa del novio, es decir, acogida por la familia de él, lo dejase al acabar la carrera.

El chico de enfrente tendría unos diez o doce años más que yo. Lo había visto algunas veces al cruzármelo por la calle, o cuando salía al balcón de su casa. Si bien era calvo, no era el tipo de hombre calvo que a mí me gusta. Quizá fuese por sus gafas de pasta oscura, que por entonces no se llevaban y le conferían un aspecto de hombre antiguo, o por su manía de lucir un corte capilar bastante largo y nada favorecedor teniendo en cuenta que era alopécico.

Un chico normal, un hombre del montón del que tengo que contaros una cosa.

Porque una tarde de verano nuestros ojos se miraron, los suyos al sentirse espiados; los míos, conmocionados, tras haberlo descubierto desnudo y haber permanecido unos segundos extasiándome con aquel cuerpo de hombre.

Iba descalzo, con unos calzoncillos azules, de bragueta; había aparecido en mi campo de visión rociando un aerosol. Se movía dentro de la vivienda y yo lo veía a través de la puerta abierta del balcón. Al sorprenderme dejó lo que estaba haciendo y me miró, desafiante. Pero su cuerpo semidesnudo me había creado tal estado de expectación que no fui capaz de apartar la mirada. Cuando reaccioné, cuando me asaltó la vergüenza y traté de ocultarme, ya habían pasado unos segundos desde que él hiciera lo propio, no sé si por pudor o para desembarazarse de una vez de mi presencia descarada.


Hasta ese momento aquel chico nunca había despertado en mí ningún deseo libidinoso; sin embargo, la visión de aquella imagen captada, robada desde la clandestinidad de mi cuarto, me había resultado tan sensual, tan excitante, tan masculina...

Dejé pasar unos minutos antes de volver a mirar por la ventana, esta vez oculto tras las cortinas; pero la suerte no volvería a congraciarse conmigo aquella tarde. De todas formas, a partir de ese día no sólo incorporé a aquel chico (a su torso velludo, a su calzoncillos azules que apretaban poco su sexo colgadero) en mis fantasías onanistas, sino que me convertí en un espía de todos sus actos.

Jamás volví a contemplarlo en calzoncillos, aunque sí con un pantaloncillo corto, de color verde militar y bastante sexy, con el que salía al balcón a regar las macetas. Otras veces eran solamente la parte inferior de sus piernas, cruzadas sobre una silla, las que asomaban por la puerta del balcón. Pero sólo eso me bastaba.

lunes 16 de octubre de 2006

Yo fui River Phoenix



No soy capaz de concretar en qué momento irrumpió en mi vida River Phoenix, pero de lo que sí estoy seguro es de que estuvo bastante presente, demasiado presente, durante toda mi adolescencia.

Nunca me atrajo de un modo sexual. Lo mío con River era más bien una admiración física exacerbada, una obsesión enfermiza por su imagen. Me encantaba su pelo rubio, su mirada miope, su boca pequeña, sensual, medio abierta como si permanentemente estuviese exhalando el humo de un cigarrillo. Quería ser como él.

Con ese rostro aniñado no podía resultarme guapo, ni mucho menos atractivo (a mí, que siempre quise ser molestado por un hombre maduro, viril, de pelo en pecho); sin embargo era capaz de apreciar el magnetismo de su belleza y quizá fuera eso a lo que aspiraba: a copiarla, a robarla, a hacerla mía. O quizá mi anhelo no fuese la belleza, sino la libertad, siendo un chico, para adoptar esa pose tan femenina, esa coquetería sólo permitida en las niñas pero que River explotaba o le hacían explotar con descaro en cada una de sus fotos.





Podía pasarme horas frente al espejo imitando su mirada distraída. Nada importaba que mi actor favorito fuese rubio (aunque de bote) y yo moreno. A la fuerza mi pelo, cortado a lo tazón, debía adoptar la misma posición sobre la frente. Y si mis cejas eran demasiado gruesas, allí estaban unas pinzas para dotarlas del mismo ángulo que las cejas amarillas de River.

Frente al espejo, en la intimidad del cuarto de baño, no sólo era River Phoenix, sino también el joven Indiana Jones que, al golpear el suelo con el látigo, se hacía una herida en la barbilla. No sé cuántas veces me representé a mi mismo aquella escena imaginándome que se obraba el milagro, que yo, verdaderamente, era él.



Todavía no me había desembarazado de la adolescencia cuando la efigie de River, mi imagen, mi reflejo, apareció un día en el telediario mientras el locutor daba la noticia de su repentina muerte. Me invadió entonces una tristeza aguda, como la que sigue a la desaparición de los seres queridos, cercanos. Ni siquiera las revistas para adolescentes se cortaron un pelo a la hora de criticar la hipocresía del actor ecologista, naturalista, contrario a las drogas, cuando tras hacerse públicos los resultados de su autopsia se supo que, la noche de su fallecimiento, en su cuerpo circulaban al menos 5 estupefacientes distintos.



Tenía 17 años cuando River, además de defraudarme, dejó huérfano a mi afán por imitar su pose, sus gestos, su sensualidad. Yo seguiría vivo, cumpliendo años. Carecía de sentido, pues, mantenerse prisionero de una imagen que jamás volvería a evolucionar. De modo que mi yo estético quedó libre, y con él mi pelo, mi vello facial y mis maltratadas cejas, que por fin pudieron manifestarse ajenos a la tiranía de la burda imitación.